viernes, 25 de octubre de 2019

Una mirada a lo qué hay detrás de la anorexia y la bulimia

Hace precisamente un año me encontraba sumergiéndome en la miseria, sin necesitar alcoholizarme o usar algún tipo de droga. Me estaba matando poco a poco, física y mentalmente.

Después de haber terminado mi última relación, fue muy difícil para mí el aceptarme como soy. Talvez porque el me hacía sentir insuficiente, poca cosa, nada valiosa.

Y con forme pasaban los meses sin su compañía, la depresión se convertía en mi mejor amiga. Junto con ella, llegó una invitada que desde hace años había querido entrar a mi vida, pero yo no se lo permitía. Al menos no completamente. Pensaba en ella, sí, pero descartaba su amistad.
Pero un día, la dejé entrar… sólo para ver que pasaba. Irónicamente, su compañía me hacía sentir vacía. Y eso me gustó.

Poco a poco ese vacío crecía dentro de mí, y yo esperaba desaparecer hasta que no quedase rastro alguno de mí. Mis deseos por ser delgada, frágil, eran equivalentes a ser invisible, sin chispa, una niña que ni siquiera llegase a ser común. Indiferente.

Llega noviembre, y mi ropa se resbalaba de mi cuerpo. Mis visitas al baño eran más frecuentes después de cada comida, aunque esta se tratase de una sola barrita. Mi energía se acababa mientras me arrastraba de regreso a mi cama, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar. Nadie sabe cuantas veces quise abandonar mi cuerpo para no sentirme así, para ya no sentir nada. Para ser libre. Me sentía atada, esa compañía comenzaba a desagradarme pero por más que le gritaba que se fuera ella hacía caso omiso. Inclusive, la llegué a sentir tan cercana a mí que en ocasiones pensaba que ella era yo, que éramos una sola persona. Ella vivía en mi cabeza. Me aconsejaba y me protegía. Decía que si yo tenía amigos, eso significaría ser vulnerable.

Ella me trataba bien, me comprendía, aunque la mayoría de las veces me hacía llorar de tan infeliz que me sentía al tenerla solo a ella.
Llega Enero, y mis vacaciones decembrinas fueron una actuación más de cómo “yo deseaba recuperarme” aunque todos sabíamos que no era cierto. Guadalajara me recibió con las puertas abiertas y una única oportunidad de vivir mejor, la cual se esfumó en el segundo en que entré a mi habitación y, nuevamente, me di cuenta que no tenía nada. Ni siquiera podía decir que me tenía a mí. Estaba sola, pobre de amor, pobre de espiritualidad, pobre de esperanza.

La báscula comienza a bajar aún más y, un día, mi corazón decide latir exageradamente lento. Me daba, con su último atizbo de fuerza, una pequeña oportunidad de cambiar mi vida. Nunca había llorado tanto, y esque nunca había sentido a la muerte rozar mi piel como aquel día.
A pesar de que en ese momento tomé la decisión de que no quería morir y busqué ayuda, no fue hasta agosto que me comprometí completamente a volver a ser yo.

Aún hay veces en que me siento perdida.

Aún no sé que rumbo tomará mi vida, y me sigue dando miedo el hecho de pensar que no estoy aprovechando completamente la oportunidad que tomé de seguir viviendo.

Lo que es muy claro es que no me siento como antes. Descubrí que esa voz dentro de mi cabeza no era yo, sólo era parte de una enfermedad que no deseaba despegarse de mí, y que perdió fuerza a inicios de este año y desapareció con una visita sanadora a mi ciudad en verano.

A veces la escucho tocar la puerta. Escucho que grita, queriendo entrar.

Pero yo ya no soy la misma, y al menos en esta vida no volveremos a congeniar.

ANÓNIMO.

Este es un ejemplo de lo que se vive día a día dentro de un trastorno de alimentación, no se puede salir solo, se necesita ayuda, si quieres puedes! En  Centro Zirel puedes encontrar asesoría para salir de esa enfermedad.

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